Georgia O’Keeffe y el arte de no gustar.

Tras ver cómo la exposición de Invitadas se me escurría como arena entre las manos sin que se levantase el confinamiento perimetral, llegó Georgia O’Keeffe al Thyssen. Saqué entradas y arrastré a mi tribu hasta Madrid.

Con la audioguía cargada y a la hora exacta, cruzamos las puertas de la exposición. La imposibilidad de ver las primeras obras entre tantas cabezas apiñadas me irritó. Acostumbrada como estaba a pasear museos en la soledad de los días laborables, compartir espacio con el gentío de fin de semana me molestaba. La voz pausada con datos vacíos que ya conocía me estaba impacientando, así que de un tirón me quité los auriculares dispuesta a dejarme llevar tan sólo por el color.

Traté de alejarme un poco, buscar un espacio donde, por fin, respirar. Pero era imposible. Aquello había que visitarlo en fila, como en el cole y tratando de no pisar a nadie.

Me ha costado mucho sentarme a escribir este post. Mi enfado con O’Keeffe aún, a ratos, me dura. Sus obras tan vivas y brillantes en Instagram, no me habían sacado ni media sonrisa. Reviso las fotos que yo misma hice aquel día, y veo en ellas una belleza que aquél día no sentí. Ojeo el catálogo que casi no compré (¡gracias por insistir, familia!), tal era mi decepción y enfado. El libro es una joya llena de información, referencias y fotos de altísima calidad que te atrapan al instante. Aún así, no me abandona el mal sabor de boca.

Siendo a penas una niña, O’Keeffe decidió que sería pintora. Se dedicó con tesón a conseguirlo, convirtiéndose en una alumna aplicada, una alumna modelo en su escuela de arte. Fue reconocida por su técnica y precisión, pero pronto se dio cuenta de que aquello no bastaba.

Todo se había hecho ya. Todo se había hecho mejor. Abatida, se dedicó a dar clases de arte en la universidad de Virginia mientras seguía pintando, ahora para si misma. Estas imágenes sin pocas pretensiones, al carboncillo y sin color le proporcionaban un placer que no pudo más que compartir con su amiga Anita Pollitzer. Pollitzer le hizo llegar estos dibujos a Alfred Stieglitz, fotógrafo y galerista del momento.

Las pequeñas obras maravillaron a Stieglitz, quien al poco tiempo, le ofreció a O’Keeffe su primera exposición individual. Stieglitz se convirtió con los años en su pareja y gran apoyo. La popularidad y éxito de la obra de O’Keefe ya nunca dejó de crecer.

La naturaleza es la protagonista de sus cuadros. Paisajes, flores, skylines. Su capacidad para poner el foco en la belleza de cada lugar y desdibujarlo hasta llegar a su esencia hacen que su obra sea fácilmente reconocible. Sus imágenes, vibrantes, no escaparon a la reinterpretación de la mirada masculina: aquellos que veían órganos sexuales en cada cuadro que pintaba no dejaron de incomodarla. O’Keeffe trató de evitar comentarios soeces abandonando la abstracción, pero el que quiere sexo, sexo encuentra.

Pese a todo, Georgia O’Keefe había encontrado su voz y no dejó que nada, ni siquiera la incomodidad, la silenciase.

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