Zinaida Serebriakova.

Cuando decidí escribir sobre Zinaida Serebriakova estuve un tiempo pensando acerca del desnudo. De los desnudos sexualizados para uso y disfrute de algunos hombres. Y de cómo las mujeres desnudas de Serebriakova parecen evitar esta cosificación. Comparé, como muchos antes que yo, la Sauna de la artista con el Baño turco de Ingrés.

Y aunque las diferencias son evidentes (las mujeres de Ingres son casi una parodia de si mismas), no era esto lo que me atraía de ella.

De Zinaida adoro el brillo, la vitalidad. Sus cuadros son como pequeños frascos de esencia, puros. Y aunque algunos dirán que tan sólo es una característica más del estilo que domina su obra, la realidad es que Serebriakova sobresalía.

Nació en 1884 en la Rusia que hoy llamamos Polonia. Con una madre dibujante, un padre escultor y un abuelo arquitecto, Zinaida se crio en un ambiente que le permitió desarrollar desde pequeña todo su potencial artístico. Y pese a que Serebriakova respiraba arte en cada bocanada de aire, muchos aseguran que su mayor influencia fue su tío materno: Alexandre Benois.

Benois fue uno de los fundadores de la revista (y movimiento artístico) Mir Iskustva en 1898 (que, para aquellos que no hablamos ruso fluido, significa «Mundo del Arte»). Cansados de la rigidez del idealismo clásico que imponía la Academia de San Petersburgo (héroes y mitología griega a tutiplén) los rusos buscaron una nueva forma de arte. Un arte ruso. Un arte para el pueblo. Un arte que respirara la realidad social y política rusa. Que bebiera de sus paisajes y convirtiera cualquier escena íntima en imagen y modelo de la vida rusa. Y en este espíritu trasformador enmarcamos también la obra de Serebriakova. Este movimiento, encarnado en la revista Mir Iskustva, unió bajo sus alas a pintores, ilustradores, diseñadores escénicos, restauradores… Toda una renovación artística y social que culminaría en la revolución de octubre (1917).

En esta revolución la vida de Zinaida dio un vuelco. Su esposo murió estando encarcelado y dejándola sin sustento, 4 hijos y una madre enferma. Pero el arte de Zinaida era valioso. Y ella lo sabía. Cuando lo fácil hubiese sido buscar un trabajo «más convencional», ella siguió pintando. Cambió sus materiales (a más económicos) pero no su calidad. En 1924 fue invitada a París a realizar un gran mural. Siendo el único sustento familiar, dejó a sus hijos atrás y marchó a París.

Y tardó 36 años en volver. 36 años sin reencontrarse con su hija mayor, Tatiana. 36 años tuvo la entrada prohibida al país. Pero ella, siguió pintando. En 1966, un año antes de su muerte, su obra fue por fin reconocida en Rusia con una gran retrospectiva en Moscú. Un año después Zinaida Serebriakova murió en París. Una mujer que convirtió en belleza todo cuanto tocó.

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