Libros de arte.

Soy una lectora desconfiada. Quizá si escribes un libro y haces tu magia, me atrapes y me convenzas, pero no te relajes porque volveré. Siempre vuelvo y reviso aquellos libros de los que he sacado ideas nuevas. Y cuando vuelvo, más formada, más informada, es posible que encuentre los vacíos en tu historia. Y quizá te perdone esas ausencias, o quizá sean imperdonables.

El primer libro de historia del arte que leí fue el famoso Historia del Arte de Gombrich, un libro publicado por primera vez en 1950. Sin tecnicismos ni expresiones rebuscadas este libro hace un viaje desde las primeras muestras artísticas hasta principios del siglo XX. Con imágenes maravillosas y desplegables, disfruté de su estilo ameno y descubrí (quizá por dotarlo de sentido) lo mucho que me gustaba el arte.

Cuando lees un libro escrito hace 70 años, te ves en la obligación (o no) de hacer ciertas concesiones. Este libro no menciona ni una sola mujer. No existen mujeres artistas en la historia del arte de Gombrich. Pero tampoco el arte contemporáneo: la primera mitad del siglo XX aún no estaba muy asentada y era difícil para el autor saber qué pasaría a la historia y qué no. ¡Y los últimos 70 años aún no habían sucedido! Por eso, el siguiente libro que leí fue «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos» de Will Gompertz.

Me encantó. Con un estilo parecido: sin florituras y con humor, Gompertz hace un repaso a la historia reciente ayudando a comprender cómo evoluciona el arte y por qué. Qué buscaban los artistas y cuál era el contexto social. Es un libro que se lee con la pantalla de la tablet dividida: media para Kindle, media para Google. A mi gusto le faltan imágenes, y yo que quería empaparme de todo, no podía pasar por encima nombres de artistas y obras sin saber quiénes son ni cuáles son las obras que el autor cita. Además, Gompertz cita mujeres en su libro (es cierto que desde la perspectiva del siglo XXI, es más sencillo) y yo estaba entusiasmada.

Sin duda con estos dos libros tenía en mi cabeza un gran esquema de cómo había sido la historia del arte hasta nuestros días. En mi cabeza visualizaba un gran esqueleto fósil, como las reconstrucciones de dinosaurios de un museo de historia natural. Pero sabía que el dinosaurio para correr no sólo necesita huesos: también músculo y piel. Con esta imagen en mente me he embarcado en la tarea de completar todos los huecos en mi esquema.

«Las olvidadas» de Ángeles Caso dotó de contexto las grandes ausencias de la edad media: qué dificultades tuvieron, cómo vivieron, cómo desaparecieron bajo la sombra de sus padres, maridos, etc. Después descubrí lo enriquecedoras que son algunas biografías: no sólo para conocer grandes artistas sino para llenar de matices el contexto histórico en el que vivieron y los círculos sociales en que se movieron.

Y como soy una lectora desconfiada (y también por cruzar información de mis recientes lecturas), he releído algunos capítulos del libro de Will Gompertz. Y me asombra cómo nombra de pasada mujeres que he descubierto merecen la misma atención que su coetáneos. Y me duele un poquito más esta traición de Gompertz que la de Gombrich silenciando a todas la mujeres de la edad media y moderna (y quizá también de la edad antigua, he leído poco sobre este periodo).

De momento sigo enfrascada en la lectura de biografías de mujeres. Buscando información, rellenando huecos. Enamorándome de mujeres que todos deberíamos conocer, disfrutando de sus obras, y (no puedo evitarlo) enfadándome con lo injusta que ha sido la historia con ellas.

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