Clara Peeters.

Termina el verano y con él, el calor sofocante que nos lleva directos al congelador. Helado. Café granizado. Botellines de cerveza a punto de congelar. También las cenas improvisadas a la fresca poco a poco se desdibujan.

La comida habla de quienes somos, y cuando se sirve en buena compañía, también habla de placer. Cuando comida y poesía se unen en espumas, crujientes y recuerdos, además, la comida nos habla de dinero y poder.

Vasos de plata dorada, porcelana china, cristalería veneciana, pescado de agua dulce, verduras frescas y aves de presa. El siglo XVII nos muestra todo su lujo y opulencia de la mano de una pintora: Clara Peeters.

Nacida en Amberes, Peeters es alguien a quien juramos no conocer. Sabemos muy poco, y en realidad, sabemos todo a través de sus obras: sin novela rosa ni cotilleo amarillista.

Pintó bodegones cuando aún no existía la palabra bodegón (que comenzaría a usarse a mediados de siglo). Tradicionalmente este ha sido un género muy «de mujeres»; al tener prohibido pintar de modelos desnudos, sus conocimientos anatómicos eran inferiores, por lo que fácilmente quedaban desplazadas a pintar naturalezas muertas.

Pero Clara Peeters hizo de los bodegones un negocio exitoso. Propietaria de un taller, fue una de las pocas pintoras profesionales de la Edad Moderna. Bajo su supervisión y quizá con la ayuda de alguna plantilla o papel de calco, sus ayudantes trazaban las primeras líneas de los lujosos platos, vasos y alimentos que Peeters terminaba con minucioso detalle.

La repetición de objetos en varias de sus composiciones nos hace pensar en el uso de plantillas (aunque la propia Peeters les otorgaba características que los convertían en únicos), lo que sin duda habla del frenético ritmo de trabajo del taller. Reconocida en Flandes y Holanda, sabemos que sus obras llegaron a París, Londres, Hamburgo, Hannover y Bonn.

Dada su habilidad y éxito internacional, no es de extrañar que quisiera dejar huella y ser reconocida por las siguientes generaciones. Por eso, en una época en que las mujeres raramente firmaban sus obras, Clara Peeters no sólo inscribió su nombre en muchas de ellas sino que se autoretrató en los reflejos de la cristalería. En muchos de sus cuadros encontramos también un cuchillo de plata con su nombre grabado, del que se cree que pudiera ser un regalo de bodas.

Sus cuadros no sólo fascinan, (dan hambre), y atrapan: una nube de misterio envuelve su interpretación. ¿Son una crítica al exceso?¿Contienen algún aprendizaje oculto?¿Son en realidad un Vanitas (concepto con el que se quiere trasmitir la inutilidad de los placeres mundanos ante la certeza de la muerte)? Quizá nunca sepamos con qué intención los pintó o cómo los interpretaban sus coetáneos. Pero siempre podremos perdernos en sus vasos roemer, su porcelana kraak, sus pequeñas gambas o los agujeros de cata de sus quesos.


Este post está escrito tras leer y disfrutar el catálogo de la exposición «El arte de Clara Peeters» que tuvo lugar en el museo del Prado el año 2016.

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