Yayoi Kusama.

Hoy vengo a hablar de la artista viva más cotizada del mundo. Yayoi Kusama. Del precio de ser una mujer (artista) libre. De porqué vive en un psiquiátrico desde 1973 y la responsabilidad que tenemos de ello como sociedad.

Yayoi tuvo una infancia difícil marcada por los abusos físicos de su madre y las infidelidades de su padre (que presenció en varias ocasiones). Desde muy pequeña quiso dedicarse al arte y pronto abandonó su casa para formarse artísticamente. Asfixiada por la rigidez artística japonesa voló a Estados Unidos.

Allí pretendía ganarse un espacio entre los artistas más vanguardistas. Y sin duda así habría sido si no fuera por dos pequeños e insignificantes detalles: era mujer y extranjera. Su creatividad sin límites y su trabajo incansable la llevaron a exponer con Andy Warhol y Claes Oldenburg. Artistas que se vieron influenciados por su trabajo. Influenciados. Porque decir «robaron descaradamente las ideas de Yayoi» no queda bien cuando hablas de artistas de la talla de Andy Warhol. Pero cuando eres mujer y no quieres jugar el papel de «artista-empresario»(que se puso de moda en la época y dura hasta nuestros días), simplemente eres ignorada y ninguneada.

En los años 60 comenzaría su época más performática. Empujada por las protestas contra la guerra de Vietnam y el movimiento Hippie organizó múltiples happenings en los que la gente se presentaba desnuda y ella les pintaba el cuerpo con sus emblemáticos lunares. Estos eventos atrajeron la atención de la prensa. Yayoi se hizo conocida, pero pagó un precio alto: fue duramente criticada en su país, donde era incomprensible que apareciese desnuda en público.

Dispuesta a mostrar su trabajo y conseguir el reconocimiento que merecía, en 1966 decidió exponer enfrente del pabellón italiano en la bienal de Venecia. Sin haber sido invitada, allí plantó su «Jardín de Narciso»: múltiples esferas espejadas que vendía a 2$ cada una. Una gran crítica al ego de los artistas y a la mecanización y mercantilización del arte que no hacía sino crecer en la época de Warhol.

Agotada tras trabajar incesantemente durante años decidió volver a Japón. Allí, la muerte de su padre y el desprecio de una sociedad que la consideraba escandalosa empeoró su precaria salud mental. En 1973 se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico, donde vive hasta día de hoy.

A partir de los años 90 ha adquirido un prestigio internacional que no deja de crecer. Por fin ha sido reconocida en su ciudad natal, Matsumoto, donde ahora se puede disfrutar de su obra en una colección permanente. Colas kilométricas rodean los museos de todo el mundo cuando Yayoi expone en ellos y sus obras alcanzan precios astronómicos en las subastas de arte.

Sus obras se identifican fácilmente gracias a sus lunares característicos. Estos lunares tejen redes infinitas. Nos hacen sentir que, aún siendo un punto insignificante en el universo, estamos conectados. Formamos parte de un todo. Es una emoción con la que cualquiera puede sentirse identificado. ¿Pero realmente nos sentimos todos igual de insignificantes? ¿Tenemos, como sociedad, parte de responsabilidad en el sufrimiento de aquellos a los que silenciamos y marginamos? ¿Está completa la historia cuando decimos que «Yayoi sufrió múltiples depresiones y varios intentos de suicidio»? ¿Borran una infancia traumática y unos episodios alucinatorios la huella del machismo y el racismo de la vida de esta gran artista?


Enlaces interesantes:

https://culturacolectiva.com/arte/artistas-que-plagiaron-a-yayoi-kusama
https://www.filmin.es/pelicula/kusama-infinito

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