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Alfonsina Storni

La poesía no es lo mío. Quizá porque nunca le he dado la oportunidad. Y de Alfonsina Storni, tan sólo conocía la canción «Alfonsina y el mar». Es decir, nada. Hago unas búsquedas rápidas en google, pronto se repiten frases que llaman mi atención. «Una profunda tristeza fruto de la pérdida de un amor la llevó al suicidio». «…nunca se recuperó de aquella agresión (le extirparon un tumor metastásico en un pecho), sentía su cuerpo mutilado, se reconocía incompleta, lo cual la hundió en una tremenda depresión que la acompañó los últimos años de su vida». «Se consideraba un hombre dentro de un cuerpo de mujer».

Cae en mis manos una antología prologada por Marilyn Bobes. Marilyn me presenta una Alfonsina que se rebela contra la falta de libertad que asfixiaba lentamente a las mujeres de inicio de siglo. Atrapada algunas veces entre la expresión sin tapujos de sus amores y su sexualidad, que la convierte en una «comadrita chillona» (como la definiría Borges); y obras más intelectuales y cerebrales, impropias de una mujer.

Pero no sólo encontramos crítica social en sus poesías. Alfonsina escribía frecuentemente artículos para distintas revistas y participaba en colectivos anarquistas y sufragistas. Su gran carisma, réplica rápida y mordaz la convertía a menudo en el centro de todas las atenciones. La leyenda del hombre atrapado en el cuerpo de una mujer seguramente procede de una conferencia en Buenos Aires donde dijo que su mayor fracaso había sido no poder convencer a los que la rodeaban de que «por tener un cerebro masculino, tenía derecho a vivir la vida con la independencia, la dignidad y el decoro con que puede vivirla un hombre normal».

Buscando una visión más completa de la vida y obra de la poeta, leo la biografía escrita por Josefina Delgado. Alfonsina nació en una familia con formación y dinero. El alcoholismo y la profunda depresión de su padre lleva a la familia a una pobreza casi absoluta, que sigue tras su temprana muerte. Alfonsina crece con el recuerdo de los lujos perdidos, desatendida en una familia ocupada primero en la salud de su padre y en ganarse el pan después. Sus conocidos la recuerdan ya desde pequeña muy exigente consigo misma, demasiado susceptible a la crítica, empeñada en impresionar aunque para hacerlo tuviese que inventarse mil mentiras. Mi mente de médico ya perfila los predisponentes biológicos, sociales y psicológicos y me sorprende aún más que se hable de un «suicidio por amor» en alguien con tal predisposición a padecer una enfermedad mental.

Alfonsina crece, y poco a poco encauza su vida, aunque la pobreza no termina de abandonarla nunca. Tras formarse como maestra y después de muchos trabajos variados y simultáneos, de mayor o menor «respetabilidad» para la época, por fin publica su primer libro de poemas: La inquietud del rosal. Madre soltera de un niño de 4 años, es despedida de su trabajo tras la publicación de este «inmoral» poemario. Pero este libro impropio de una mujer, le abriría las puertas de los círculos literarios de Buenos Aires. Gracias a él conseguiría, por fin, la estabilidad y el apoyo que tanto buscaba.

En este círculo conocería, entre otros muchos, a Horacio Quiroga, ese «gran amor» por el que algunos dicen se suicidó. Fueron amigos hasta el momento de la muerte de él, cuando en el año 1937, a causa del cáncer de próstata que padecía, se suicidó. Si en algún momento existió una relación amorosa entre ellos, sin duda fue mucho tiempo atrás. Antes de que en 1925 él decidiese marcharse a Misiones y ella no quisiera acompañarlo. Dos años después de marcharse, él se casaría con una amiga de su hija.

Pero volviendo a Alfonsina, en sus cartas son constantes las referencias a su estado de salud. A la neurastenia (fatiga ante esfuerzos intelectuales o físicos) que la acompañaba desde siempre, se suman obsesiones que no la dejan vivir: se siente observada y perseguida todo el tiempo. Su salud mental, un poco precaria, no hace sino empeorar tras ser operada de un tumor en el pecho. Sus obsesiones la obligan a dormir con un revólver en la mesita de noche, no deja que su hijo la bese y desinfecta meticulosamente todo cuanto ella toca.

Con 46 años Alfonsina publica su último libro, Mascarilla y Trébol. En él aborda una pérdida de vitalidad o decadencia que muchas veces se ha interpretado como el dolor que le produjo la pérdida de Horacio, en vez de como lo que probablemente fue: una mujer entrando en la menopausia y sufriendo una enfermedad incurable que ve el fin de su fertilidad asociado al fin de su capacidad productiva. Sabiéndose una muerte cercana, trabajó incansable en este último poemario y en una antología de sus obras. No debe pues sorprendernos que tras poner en orden su trabajo y despedirse de muchos de sus amigos, se retirara a descansar y, finalmente, martirizada por los intensos dolores que padecía se lanzara al mar.

Una vez más la leyenda, real o no, se apodera de la obra de una mujer. Como si el morbo estuviese por encima del arte. O como si el cómo, fuese más importante que el qué.

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