Virtuosa.

Se hacen las 20:00 y todos salen a sus ventanas a aplaudir. ¡Fíjate! El señor mayor del tercer piso no sale hoy, ¿estará enfermo? Quién sube, quién baja, quién hace cola en la farmacia. En esta reclusión, las calles nos han dado mucha vida.

Pero, si eres mujer, asomarse a las ventanas es considerado prueba de escasa virtud1. O al menos si eres mujer en el siglo XVII. La virtud, algo fundamental, cubrirá de celosías tus ventanas, dictará cómo vistes, cuándo y cuánto puedes pisar la calle e incluso a qué dedicas tu tiempo libre.

Cómo visten las mujeres es incluso un asunto de gobierno, de hecho se registran quejas al rey1: ¡las mujeres van tan tapadas que intento aprovecharme de una y resulta ser mi hermana! ¡Qué falta de autocontrol caballeros…!

Así que encerrada en tu casa (a salvo de asaltos y murmuraciones), pasas el día leyendo. No. Espera. Si te lo puedes permitir (porque con el precio de una novela recién publicada, se alimenta una familia dos semanas2), quizá tu esposo no esté de acuerdo.

Leer la biblia te convierte en una esposa más devota, fiel y en definitiva mejor. Así que pensando en tu futuro, quizá de niña tu padre tuvo a bien que aprendieses a leer. Pero ¡cuidado! Leer no es una actividad exenta de riesgos. Además de aportar pensamientos que podrían violentar la frágil mente femenina, la lectura puede producir «flatulencias, oclusión de intestinos y alteraciones de la salud sexual»2. Conscientes de los peligros de la lectura ligera, en Castilla, la impresión de novelas estuvo prohibida durante 9 años (de 1625 a 1634)1.

Pero si quieres dedicar tu tiempo a algo más activo, recuerda: la creación artística está reservada a los hombres. No hay beneficio alguno en que una mujer exprese sus ideas. Protegida de ver y ser vista, protegida de leer y ser leída, … ¡y sin Internet! Qué difícil ser mujer en el barroco.

A penas 100 años antes (s. XVI), la gran Sofonisba Anguissola tuvo que ser nombrada dama de honor de Isabel de Valois (tercera esposa del rey Felipe II de España) para poder «trabajar» como pintora en la corte1. Y digo trabajar, así, entre comillas porque recibir dinero por unos servicios prestados convertía inmediatamente a cualquier mujer de la época en una prostituta.

El siglo XVII no fue mucho mejor, pero ello no impidió que muchas mujeres pusieran en riesgo su reputación para dedicarse a la creación artística. Desafiaron a sus padres, se expusieron a las críticas despiadadas de sus compañeros, perdieron su buena imagen e incluso su virtud, vivieron en ocasiones en la más absoluta pobreza pero tomaron las riendas de sus vidas.

No quiero romantizar sus vidas. No las quiero convertir en heroínas. Sufrieron. Sus familias las repudiaron, aunque ellas las mantuvieran con sus ganancias. Cargaron siempre con el desprecio de ser mujer y atreverse a inmiscuirse en cosas de hombres. Sus retribuciones fueron menores y aún así muchas llegaron muy alto. Y la historia las ha silenciado. Las ha olvidado conscientemente. Sus obras durante siglos han sido atribuidas a otros artistas, como si las firmas en sus cuadros desaparecieran. Ceguera voluntaria ¿transitoria?


1.- «Las olvidadas» de Ángeles Caso
2.-«Las mujeres que leen son peligrosas» de Stefan Bollmann

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